Historias de Bucarest

domingo, 7 de junio de 2020

A good run around the parliament

In the morning I had coffee at the Coltea Kebap. The Turkish owner treats me with great sympathy since he discovered that I'm Spanish. I drunk coffee and talked to my mom and my uncle on the phone. We do speak for hours and they have been a great day-to-day companion during all this covid crisis. From the kebap I walked to the Humanitas bookshop in the Revolution square. I looked around for books without much interest as I already have a lot to read and I was not searching for anything in particular. I partly went to see the beautiful brunette shopkeeper who I like but she was not there today. I got back home and started transcribing some of the recording for an article I have to deliver on Tuesday. It is the part I dislike the most, transcribing, and I want to start the week tomorrow doing things I like -i.e. writing as opposed to transcribing. I then went for lunch to Legère. I had a pizza and two paints of beer and a coke. Then I transcribed a bit more, slept and finished transcribing the interviews I made for the article. I spoke to Khanya on whatsapp and went for a run around the parliament building. (Also, I forgot to say, Janusz called, and we had a nice, long chat). After the run I did push ups in the park and laid down on the grass for a while, looking at the sky and enjoying the mild weather. On the way back home I bought a bottle of coke and drunk it while walking down Regina Elisabeta.

miércoles, 24 de abril de 2019

Easter Sunday at the restaurant

We spent Easter Sunday at Maria Amélia's restaurant -or, as we would say at home, 'at the restaurant'. It was just after 11 when we arrived. The restaurant was still empty, but it soon started filling up with mostly old Portuguese people. They hugged and kissed her before taking their place at the reserved tables. Next to us sat a young -compared to the rest of the clientele- couple. She was kind and smiled easily. He -a corpulent, middle aged Portuguese man with abundant black hair and the top few buttons of the shirt undone- was quiet most of the time and smoked many cigarettes. After having eaten I went to make a coffee for myself and the man asked me to make one for him too. While I was busy behind the bar he asked Rati if he speaks Portuguese, starting a little cordial conversation. It is something rather remarkable in an atmosphere where she's often looked at with contempt and suspicion -because she's the only black person there that is not cleaning or serving the tables.

The friendly couple spent most of their lunch talking to Moira, the Irish pensioner that goes to the restaurant every Sunday since its opening more than a decade ago. Moira always seats at the same table -the one close to the bar, facing the street. She smokes, eats soup and drinks a carafe of white house wine. If you have the patience to listen to her she'll tell you spicy stories of her younger years. Moira speaks with a hoarse voice and is always ready to swear. Rati calls her 'Ms Donovan', as she could easily be a sister of Mickey Donovan -or part of the Donovans' clan in any case.


When the customers finished eating they paid and ceremoniously kissed Maria Amélia goodbye. One after another, they slowly walked out of the restaurant. A small commotion aroused in the street, as some of the cars needed to be moved to give way to those who arrived and were leaving first. Within minutes, when almost everyone was already driving home, the homeless started arriving from all directions to demand their food. Every day Maria Amélia feeds school kids, poor pensioners, unemployed youngsters and drug addicts with soup, bread and leftovers. For Easter she had also prepared takeaway containers with a piece of Portuguese traditional cake, and egg and some sweets for each of the people receiving food.


As the few Portuguese elders remaining paid their respects to the cook and owner, Betty and Stella ran to the kitchen and back giving away portions of food, filling up bottles of water and collecting more empty lunch boxes at the gate. Behind it, sitting on the floor or leaning against the wall, at least a dozen people of all ages and races ate or waited for the food. There was a sense of excitment among them, and some tried to fool the girls and get a second portion at the expense of others. Maria Amélia was frantic trying to put some order while collecting the last payments. The girls, that kept rushing up and down carrying containers, looked at us and laughed at the drama.

viernes, 29 de junio de 2007

Fotos de familia


Con Maxim, en el tejado de la Facultad de Letras



Con Constantin, en Sinaia.

jueves, 28 de junio de 2007

Campos de Rumania




Camino de Sinaia, en coche. Inmensas llanuras amarillas. Fábricas casi abandonadas y viejas centrales térmicas. La sequedad del invierno rumano. En la calzada, casi cada dos kilómetros, hombres reparando sus viejos Dacias, que caen como moscas, de puro viejos, por todas las carreteras rumanas. Entramos en el valle de Prahova. Montañas, vegetación verde, oscura, fresquísima. Subiendo a la cota 1400 una cría de oso. Se pasea tranquila por la carretera y de algunos vehículos le hacen fotos. Cuatro días para volver. Lesionado, con un esguince que ni quiero ni puedo respetar: cómo pasar la última semana postrado. Muy feliz y mucho mejor.

sábado, 23 de junio de 2007

El barco zarpa

La comunidad erasmus se marcha de Rumania en desbandada. Se acaba un ciclo, comienza una vida nueva. No es una vuelta a la normalidad, al menos para mí. No puede serlo después de este año, en el que tanto he aprendido. Todo ha de ser diferente después de las muchas enseñanzas, aunque será complicado mantener este maravilloso tono vital en España: la constelación de circunstancias positivas que se ha dado en este final de curso parece difícil de repetir. Se queda Constantin, que deberá renovar casi entera su lista de contactos. No será tarea fácil encontrarlos de la categoría de los que ha tenido este año, y él lo sabe. Pero tiene a favor su inmensa humanidad y una capacidad para vivir con plenitud al alcance de muy pocos. Está a punto de zarpar el último barco, y se queda vendiendo ultramarinos en la tienda del puerto. Así, con la cinematográfica teatralidad y la desgarradora sinceridad que le caracterizan, acostumbra a decirlo él. Está cansado de Bucarest. Quiere salir de aquí, dejar atrás este ambiente claustrofóbico y mediocre. Él, que es un hombre de Londres. Pero le quedan dos años para el gran negocio. Seguramente con la élite rumana que se queda y la llegada de nuevos erasmus podrá vivir más que razonablemente el año que viene, construir un mundo que vaya más allá de la adoración de los coches, las rubias y el dinero, del fútbol el trabajo y la cerveza, que es lo que se lleva aquí. Pero es difícil tener que empezar de nuevo y angustiosa la sensación de quedarse en un pozo. Aunque se pueda vivir maravillosamente en el pozo.

El espíritu del gitano

Queda una semana para volver y continúo exprimiendo al máximo el espléndido junio. Nuevas fiestas, otras personas, más actividades. La familia está en la cresta de la ola, el espíritu del gitano en pleno apogeo. El espíritu del gitano es una expresión de Constantin, su versión particular del carpe diem. La tomó de un compañero de estudios en Granada que siempre salía con botas negras - esto es lo más importante para las tías, dice que decía - y sacaba fuerzas de donde no las había para montarla cada noche. Rogelio, creo que se llamaba. Ayer celebramos en Piata Leul el cumpleaños de Raluca, visitamos el concierto del instituto francés con dos rumanas subnormales - una por lo menos -, bebimos vino en casa de Marian y bailamos hasta tarde en esa cueva calurosa que es el Revenge. Después pasamos por la terraza de Piter a tomar la última, ya amaneciendo. El lunes Maxim y yo celebraremos nuestra fiesta de despedida en la terraza de Piter, que - he sabido - además de huérfano concienciado con los problemas sociales reparte folletos de bares de putas en el bulevar Magheru. Hoy y mañana toca el festival a orillas del Lago Morii, con Prodigy como banda estrella. Se mantiene y se ha de mantener el espíritu del gitano.

miércoles, 20 de junio de 2007

Regreso, Los Caños, las modernas, el diplomático libanés y Piter

La vibración del teléfono sobre la mesa me ha despertado. Serían más de las diez y la llamada era de un fijo rumano. Era Joaquín Garrigós, director del Instituto Cervantes en Bucarest. Me ha anunciado que quedo fuera del concurso para la plaza de auxiliar administrativo en la institución. He recibido la esperada noticia con cierta tristeza y gran tranquilidad: se acaba la incertidumbre: volveré a España y pasaré el verano en Castellón. Ya sé qué será de mi vida. El detalle de Garrigós ha sido magnífico, una vez más. He leído el periódico en la biblioteca y he comido con Constantin en la pizzería de la Piatsa Romana. La pizza excelente de siempre, la áspera corrección, muy rumana, de la camarera. He dormido la siesta y hemos ido en familia al Jardín Botánico: Constantin, Maxim y yo. Pronto nos hemos aburrido de la abundante vegetación descuidada, y hemos caminado hasta las torres de la central térmica que sobresalen a espaldas del recinto. Una instalación vieja, decadente, casi inutilizable pero aún utilizada. Todo muy comunista. Mientras cortábamos un trozo de cinta amarilla con la inscripción en rumano "Peligro de explosión. No os acerquéis con fuego" cuatro perros sarnosos han saltado de la pequeña valla metálica que delimita la central. Asustados, nos hemos quedado quietos. Los perros ladraban desafiantes. Constantin ha cogido del suelo un tronco por si se acercaban, y Maxim les gritaba que se fueran en francés. Yo me he quedado paralizado, esperando que pasara el momento sin saber muy bien cómo reaccionar. Al final hemos podido volver al Jardín Botánico sin problemas. Una vez en el coche de camino a casa hemos puesto la radio. Sonaba esto. Hemos subido al máximo el volumen y hemos cantado como locos atravesando el barrio de Cotroceni y cruzando el Dâmbovita con las ventanillas bajadas. Cantábamos, nos mirábamos y reíamos, moviendo los brazos al ritmo de la música. Euforia, emoción. Maxim habla español y entendía la letra, pero no cómo podíamos entusiasmarnos con semejante bodrio. Eran los ocho cuando hemos salido a correr. Dos vueltas a la Casa del Pueblo, ante un atardecer espléndido, con el Parque Izvor de fondo. Hemos cenado un bocadillo de salami. En el mesenger estaba Corina, que se va a Chisinau el sábado. Nos veremos mañana por última vez. Me hubiera sabido mal no poder despedirme de ella. Ninguna mujer en Bucarest me gustó tanto. Viva, revoltosa, espontánea, naturalísima. Y de una curiosidad sin límites. Lástima que yo a ella no le gustara tanto, pero hay que saber aceptar las derrotas. Más si no hay la más mínima soberbia o desdén que reprochar. Mañana también es jueves, como aquella magnífica noche, antes de las luminosas pascuas. Recuerdo que en la tele estaba esta canción. Varias veces, en la UTV. Me dijo que le encantaba. A las once habíamos quedado con José en Barfly. Ha sido aburridísimo. El tonto del camarero se ha inmiscuido en la conversación y antes de la una nos hemos ido a casa cansados de su vulgaridad disfrazada. Hacía una noche preciosa, con una brisa agradabilísima, y me he quedado hablando con Constantin en un banco frente al Ateneo Rumano. Hablábamos de la complejidad de la naturaleza humana, de la necesidad de mantener el espíritu que nos ha llevado a vivir este inolvidable mes de junio, después del abismo al que nos asomamos los dos en enero y febrero. Una conversación excepcional. Pasadas las dos han aparecido Maxim y Marian. Venían de la fiesta de cumpleaños del director de AFP, agencia de noticias francesa. Algo bebidos, nos han hablado de los invitados y nos hemos reído con las historias del piso de Marian. Han pasado algunas rubias y Maxim las ha señalado al ya tradicional grito de "Mira, una puta moderna", siempre con fuerte acento francés. Hasta el Ateneo les ha traído un joven y apuesto diplomático libanés a quien me hubiera gustado conocer. Cuando Marian ha dicho no poder más nos hemos ido. Me había despedido de todos cuando desde la terraza de Magheru me ha llamado alguien. Era Piter, el dueño. Me ha invitado a una cerveza y me ha ofrecido el lugar para la próxima fiesta de erasmus. Me ha hablado de su vida. Creció en un orfanato de Alba Iulia, y siempre ha intentado ayudar a los huérfanos desamparados. Le preocupa la gran cantidad de jóvenes que son expulsados a la calle en Rumania por la miseria y el analfabetismo, y culpa a las autoridades de no ofrecerles ninguna salida para evitarlo. Es cantante de un grupo de música ligera, como él mismo dice, y tiene algnas letras dedicadas a los huérfanos. Ha actuado en varios conciertos benéficos, y nunca olvidará dónde creció. En el orfanato de Alba Iulia era compañero de El Vampiro, un vagabundo alcohólico que duerme cerca del portal de Constantin. Constantin le conoce, y cuando se ven se saludan efusivamente. El Vampiro es un hombre inteligente, pero Piter duda de que pueda recuperarse. Con nosotros está Elena, una mujer mayor y tímida que habla poco y modestamente. De la vida de Piter pasamos, de manera atrevida y poco fértil, a la política internacional. Me sorprende en ambos una extraña fascinación por Gorbachov. Él acabó con el muro, repiten una y otra vez. De Ceaucescu no tienen mala opinión: antes se vivía mejor. Me acabo la cerveza y me marcho. Ha sido un día discretamente feliz. Yo diría que inmejorable.