viernes, 29 de junio de 2007

Fotos de familia


Con Maxim, en el tejado de la Facultad de Letras



Con Constantin, en Sinaia.

jueves, 28 de junio de 2007

Campos de Rumania




Camino de Sinaia, en coche. Inmensas llanuras amarillas. Fábricas casi abandonadas y viejas centrales térmicas. La sequedad del invierno rumano. En la calzada, casi cada dos kilómetros, hombres reparando sus viejos Dacias, que caen como moscas, de puro viejos, por todas las carreteras rumanas. Entramos en el valle de Prahova. Montañas, vegetación verde, oscura, fresquísima. Subiendo a la cota 1400 una cría de oso. Se pasea tranquila por la carretera y de algunos vehículos le hacen fotos. Cuatro días para volver. Lesionado, con un esguince que ni quiero ni puedo respetar: cómo pasar la última semana postrado. Muy feliz y mucho mejor.

sábado, 23 de junio de 2007

El barco zarpa

La comunidad erasmus se marcha de Rumania en desbandada. Se acaba un ciclo, comienza una vida nueva. No es una vuelta a la normalidad, al menos para mí. No puede serlo después de este año, en el que tanto he aprendido. Todo ha de ser diferente después de las muchas enseñanzas, aunque será complicado mantener este maravilloso tono vital en España: la constelación de circunstancias positivas que se ha dado en este final de curso parece difícil de repetir. Se queda Constantin, que deberá renovar casi entera su lista de contactos. No será tarea fácil encontrarlos de la categoría de los que ha tenido este año, y él lo sabe. Pero tiene a favor su inmensa humanidad y una capacidad para vivir con plenitud al alcance de muy pocos. Está a punto de zarpar el último barco, y se queda vendiendo ultramarinos en la tienda del puerto. Así, con la cinematográfica teatralidad y la desgarradora sinceridad que le caracterizan, acostumbra a decirlo él. Está cansado de Bucarest. Quiere salir de aquí, dejar atrás este ambiente claustrofóbico y mediocre. Él, que es un hombre de Londres. Pero le quedan dos años para el gran negocio. Seguramente con la élite rumana que se queda y la llegada de nuevos erasmus podrá vivir más que razonablemente el año que viene, construir un mundo que vaya más allá de la adoración de los coches, las rubias y el dinero, del fútbol el trabajo y la cerveza, que es lo que se lleva aquí. Pero es difícil tener que empezar de nuevo y angustiosa la sensación de quedarse en un pozo. Aunque se pueda vivir maravillosamente en el pozo.

El espíritu del gitano

Queda una semana para volver y continúo exprimiendo al máximo el espléndido junio. Nuevas fiestas, otras personas, más actividades. La familia está en la cresta de la ola, el espíritu del gitano en pleno apogeo. El espíritu del gitano es una expresión de Constantin, su versión particular del carpe diem. La tomó de un compañero de estudios en Granada que siempre salía con botas negras - esto es lo más importante para las tías, dice que decía - y sacaba fuerzas de donde no las había para montarla cada noche. Rogelio, creo que se llamaba. Ayer celebramos en Piata Leul el cumpleaños de Raluca, visitamos el concierto del instituto francés con dos rumanas subnormales - una por lo menos -, bebimos vino en casa de Marian y bailamos hasta tarde en esa cueva calurosa que es el Revenge. Después pasamos por la terraza de Piter a tomar la última, ya amaneciendo. El lunes Maxim y yo celebraremos nuestra fiesta de despedida en la terraza de Piter, que - he sabido - además de huérfano concienciado con los problemas sociales reparte folletos de bares de putas en el bulevar Magheru. Hoy y mañana toca el festival a orillas del Lago Morii, con Prodigy como banda estrella. Se mantiene y se ha de mantener el espíritu del gitano.

miércoles, 20 de junio de 2007

Regreso, Los Caños, las modernas, el diplomático libanés y Piter

La vibración del teléfono sobre la mesa me ha despertado. Serían más de las diez y la llamada era de un fijo rumano. Era Joaquín Garrigós, director del Instituto Cervantes en Bucarest. Me ha anunciado que quedo fuera del concurso para la plaza de auxiliar administrativo en la institución. He recibido la esperada noticia con cierta tristeza y gran tranquilidad: se acaba la incertidumbre: volveré a España y pasaré el verano en Castellón. Ya sé qué será de mi vida. El detalle de Garrigós ha sido magnífico, una vez más. He leído el periódico en la biblioteca y he comido con Constantin en la pizzería de la Piatsa Romana. La pizza excelente de siempre, la áspera corrección, muy rumana, de la camarera. He dormido la siesta y hemos ido en familia al Jardín Botánico: Constantin, Maxim y yo. Pronto nos hemos aburrido de la abundante vegetación descuidada, y hemos caminado hasta las torres de la central térmica que sobresalen a espaldas del recinto. Una instalación vieja, decadente, casi inutilizable pero aún utilizada. Todo muy comunista. Mientras cortábamos un trozo de cinta amarilla con la inscripción en rumano "Peligro de explosión. No os acerquéis con fuego" cuatro perros sarnosos han saltado de la pequeña valla metálica que delimita la central. Asustados, nos hemos quedado quietos. Los perros ladraban desafiantes. Constantin ha cogido del suelo un tronco por si se acercaban, y Maxim les gritaba que se fueran en francés. Yo me he quedado paralizado, esperando que pasara el momento sin saber muy bien cómo reaccionar. Al final hemos podido volver al Jardín Botánico sin problemas. Una vez en el coche de camino a casa hemos puesto la radio. Sonaba esto. Hemos subido al máximo el volumen y hemos cantado como locos atravesando el barrio de Cotroceni y cruzando el Dâmbovita con las ventanillas bajadas. Cantábamos, nos mirábamos y reíamos, moviendo los brazos al ritmo de la música. Euforia, emoción. Maxim habla español y entendía la letra, pero no cómo podíamos entusiasmarnos con semejante bodrio. Eran los ocho cuando hemos salido a correr. Dos vueltas a la Casa del Pueblo, ante un atardecer espléndido, con el Parque Izvor de fondo. Hemos cenado un bocadillo de salami. En el mesenger estaba Corina, que se va a Chisinau el sábado. Nos veremos mañana por última vez. Me hubiera sabido mal no poder despedirme de ella. Ninguna mujer en Bucarest me gustó tanto. Viva, revoltosa, espontánea, naturalísima. Y de una curiosidad sin límites. Lástima que yo a ella no le gustara tanto, pero hay que saber aceptar las derrotas. Más si no hay la más mínima soberbia o desdén que reprochar. Mañana también es jueves, como aquella magnífica noche, antes de las luminosas pascuas. Recuerdo que en la tele estaba esta canción. Varias veces, en la UTV. Me dijo que le encantaba. A las once habíamos quedado con José en Barfly. Ha sido aburridísimo. El tonto del camarero se ha inmiscuido en la conversación y antes de la una nos hemos ido a casa cansados de su vulgaridad disfrazada. Hacía una noche preciosa, con una brisa agradabilísima, y me he quedado hablando con Constantin en un banco frente al Ateneo Rumano. Hablábamos de la complejidad de la naturaleza humana, de la necesidad de mantener el espíritu que nos ha llevado a vivir este inolvidable mes de junio, después del abismo al que nos asomamos los dos en enero y febrero. Una conversación excepcional. Pasadas las dos han aparecido Maxim y Marian. Venían de la fiesta de cumpleaños del director de AFP, agencia de noticias francesa. Algo bebidos, nos han hablado de los invitados y nos hemos reído con las historias del piso de Marian. Han pasado algunas rubias y Maxim las ha señalado al ya tradicional grito de "Mira, una puta moderna", siempre con fuerte acento francés. Hasta el Ateneo les ha traído un joven y apuesto diplomático libanés a quien me hubiera gustado conocer. Cuando Marian ha dicho no poder más nos hemos ido. Me había despedido de todos cuando desde la terraza de Magheru me ha llamado alguien. Era Piter, el dueño. Me ha invitado a una cerveza y me ha ofrecido el lugar para la próxima fiesta de erasmus. Me ha hablado de su vida. Creció en un orfanato de Alba Iulia, y siempre ha intentado ayudar a los huérfanos desamparados. Le preocupa la gran cantidad de jóvenes que son expulsados a la calle en Rumania por la miseria y el analfabetismo, y culpa a las autoridades de no ofrecerles ninguna salida para evitarlo. Es cantante de un grupo de música ligera, como él mismo dice, y tiene algnas letras dedicadas a los huérfanos. Ha actuado en varios conciertos benéficos, y nunca olvidará dónde creció. En el orfanato de Alba Iulia era compañero de El Vampiro, un vagabundo alcohólico que duerme cerca del portal de Constantin. Constantin le conoce, y cuando se ven se saludan efusivamente. El Vampiro es un hombre inteligente, pero Piter duda de que pueda recuperarse. Con nosotros está Elena, una mujer mayor y tímida que habla poco y modestamente. De la vida de Piter pasamos, de manera atrevida y poco fértil, a la política internacional. Me sorprende en ambos una extraña fascinación por Gorbachov. Él acabó con el muro, repiten una y otra vez. De Ceaucescu no tienen mala opinión: antes se vivía mejor. Me acabo la cerveza y me marcho. Ha sido un día discretamente feliz. Yo diría que inmejorable.

lunes, 18 de junio de 2007

Apuntes

x Constantin hace de entrenador. Maxim y yo somos obedientes discípulos. Corremos en el parque Izvor, a los pies de la Casa del Pueblo, último y costoso delirio de aquella pareja enferma y criminal que fueron Nicolae y Elena Ceausescu. La respiración y los pasos se complementan rítmicamente. El asfalto arde y expulsa todo su calor contra el rostro. Empieza a llover en medio de un sol radiante. La fina lluvia refresca los cuerpos. Una guapa cicilista nos ofrece el espectáculo de sus pechos dos veces por vuelta. Mira y sonríe, tímida y satisfecha de captar la atención.

x En el centro de Magheru, una terraza privilegiada, a la sombra de los árboles. Exclusiva, aristocrática: sólo gitanos y prostitutas la frecuentan. Hay un cumpleaños y han puesto manele. Se oye por todo el bulevar. Bailan y cantan, pausado, sensual, como se baila el manele. Yo lo veo apoyado en una farola, mientras espero a Constantin y Maxim. La música se para y todos comienzan a cantar el Multi Ani Traiasca, el cumpleaños feliz rumano. Andreea, se llama. Sacan una tarta, Andreea sopla las velas, todos aplauden y vuelve el manele. Unos turistas ingleses miran sorprendidos mientras pasan, y una mendiga de la zona a quien han invitado a cerveza les increpa totalmente borracha. Poco más durará la euforia: la policía ha llegado y hay que quitar la música y bajar la voz. La vecina loca y amargada que le toca a cada vecindario.

domingo, 10 de junio de 2007

Gay Parade




El viernes fue el gran concurso internacional de golfas. Excelente ambiente, muchísimo alcohol, gran diversión y bellísimas vistas desde un décimo de Calea Mosilor al amanecer. Salimos a las diez de casa de los franceses, comimos algo en el Everest de Magheru y visitamos a Constantin. A las cinco y media era la Gay Parade, la tercera que se celebra en la capital rumana. En el coche Dance 4 Life, y una lluvia violentísima mientras cruzábamos el Bulevar Bratianu. En la intersección entre Unirii y Traian decenas de camiones de la Jandarmeria, cientos de policías antidisturbios a uno y otro lado de la calzada y un pequeño cuadrado vigilado donde se concentraban una cincuentena de manifestantes progays. Llegó más gente, hasta cuatrocientos dijo la prensa, y comenzó la marcha. Silencio y timidez al principio, luego música y emoción, siempre cierta tensión y algo de miedo. De los últimos pisos del Bulevar Unirii cayeron algunos huevos y curiosos con muy mal aspecto seguían la marcha fuera del cordón policial. A la altura de la Plaza Unirii ya teníamos claro que las máscaras de algunos participantes rumanos no eran un motivo estético. Los camiones de la Jandarmeria separabn la marcha de los contramanifestantes, que se acercaban, supimos luego, por el otro lado del bulevar con palos y piedras. Jendarmes a caballo cargaron varias veces y tuvieron que emplear gases lacrimógenos para frenarlos. Llegados a la imponente Casa del Pueblo la tensión devino fiesta. La columna gay bailaba y tocaba palmas, ante la rabia y el odio de los irreductibles cavernícolas que seguían intentando acercarse. El acto acabó a orillas del Dâmbovita. Travestis, transexuales y maricones más evidentes se fueron enseguida en taxis para evitar agresiones. La organización advertía que nadie se fuera solo y recomendaba esconder banderas y pulseras arco iris. Nos fuimos emocionados y teniendo muy claro de la importancia de haber estado. Bucarest no es Madrid o Berlín para los homosexuales. Heroicos manifestantes rumanos, ejemplares extranjeros, impecables las fuerzas de seguridad. Mostraron un respeto exquisito por todos los manifestantes. La Gay Parade empezó y acabó cuando y donde debía y sus participantes no fueron agredidos - al menos durante la marcha.